--Raúl, quedaos, ya que monseñor lo consiente, --dijo Athos.
--¡Caramba! es gallardo y hermoso, --prosiguió el duque. -- ¿Me
lo daréis si os lo pido?
--¿En qué sentido me lo preguntáis, monseñor? --dijo
el conde.
--He venido para despedirme de vos.
--¿Para despediros, monseñor?
--Sí. ¿No imagináis poco ni mucho lo que voy a ser?
--Lo que siempre habéis sido, monseñor; príncipe valiente
y caballero cumplido.
--Voy a convertirme en príncipe africano, en caballero beduino. El rey
me envía a hacer la guerra a los
árabes.
--¡Qué decís, monseñor!
--¿Verdad que es fenomenal? Yo, el parisiense por excelencia, yo, que
he reinado en los barrios y fui
llamado rey de los mercados, paso de la plaza de Maubert a los minaretes de
Djidgeli; de frondista me con-
vierto en aventurero.
--Si vos mismo no me lo dijeseis, monseñor...
--No lo creeríais. Sin embargo, dad crédito a mis palabras, y
despidámonos. Esto trae el recobrar el fa-
vor.
--¿El favor?
--Sí. ¿Os sonreís? ¡Ah! mi querido conde, ¿sabéis
por qué he aceptado?
--Porque Vuestra Alteza antepone la gloria a todo.
--No, conde, andar a mosquetazos con los salvajes no es glorioso. Yo no tomo
la gloria por este lado, y
lo más probable es que en vez de gloria encuentre yo otra cosa... Pero
quise y quiero, ¿oís bien, señor con-
de? que mi vida tenga esta última faz después de haber brillado
de tan singular manera durante medio siglo.
Porque no podéis menos de convenir conmigo, en que no deja de ser notable
el haber nacido hijo de rey,
haber hecho la guerra a reyes, figurado entre los grandes del siglo, llenado
dignamente los deberes de su
jerarquía, trascender a Enrique IV, y ser grande almirante de Francia,
para ir a hacerse matar en Djidgeli, en
medio de turcos, sarracenos y moros.
--Rara es vuestra insistencia sobre el particular, monseñor, --repuso
Athos turbado. --¿Cómo admitir
que una carrera tan brillante como la vuestra vaya a tener por remate un fin
tan obscuro?
--¿Acaso os creéis, hombre justo y sencillo, que si por tan ridículo
pretexto voy al Africa, no haré por
salir de ella sin menoscabo? ¿Por ventura no haré hablar de mí?
Y para que hablen de mí actualmente,
cuando brillan Condé, Turena y otros tantos, ¿qué me queda
a mí, almirante de Francia, hijo de Enrique IV,
rey de París, sino hacerme matar? ¡Voto al diablo! yo os juro que
hablarán de mí; pese a todo dios me ma-
tarán, si no en Africa, en otra parte.
--Exageráis, monseñor, --dijo el conde, --y nunca os habéis
mostrado exagerado sino en punto al valor.
--Valor se requiere para irse uno al arrostrar el escorbuto, la disentería,
la langosta y las flechas empon-
zoñadas. Además, hace tiempo que lo tengo pensado, y cuando me
decido, el demonio que me haga desis-
tir.
--Quisisteis salir de Vincennes, monseñor.
--¡Hombre! ¿por ventura no me ayudasteis vos a salir de allí?
A propósito, ¿dónde está Vaugrimaud que
no lo veo por más que miro al todas partes? ¿Sigue bien?
--Vaugrimaud continúa siendo el más respetuoso servidor de Vuestra
Alteza, --respondió Athos son-
riéndose.
Traigo para él y por vía de legado cien doblones. Tengo hecho
mi testamento, conde, y comprenderéis
que si vieran el nombre de Grimaud en mi testamento...
El duque se echó a reír; luego se volvió hacia Raúl,
que desde el comienzo de aquella conversación se
quedó profundamente pensativo y le dijo:
--Joven, me consta que en esta casa hay cierto vino de Vauvray...
Raúl salió apresuradamente para servir al duque; el cual, una
vez a solas con el conde, le tomó la mano y
le preguntó, aludiendo a Bragelonne:
--¿Qué pensáis hacer de él?
--Por lo pronto, nada, monseñor.
--Ya, de resultas de la pasión del rey por... La Valiére.
--Esto es, monseñor.
--¿Conque es cierto lo que dicen?... Me baila por la mente que yo he
visto en alguna parte a la muchacha
esa, y si mal no recuerdo, no es hermosa.
--No lo es, monseñor. --¿Sabéis a quién me recuerda?
--No sé, monseñor.
--Me recuerda a una moza no mal parecida, hija de una mujer que vivía
en el mercado.
--¡Ah! --exclamó Athos sonriéndose.
--¡Qué hermosos tiempos aquellos! --dijo Beaufort. --Pues sí.
La Valiére me recuerda a aquella mu-
chacha.
--¿No tuvo un hijo?
--Paréceme que sí, --respondió el duque con indolente ingenuidad,
con un olvido indecible. --De mane-
ra que el pobre Raúl... Es hijo vuestro, ¿no es verdad?
--Sí, monseñor.
--De manera que el pobre muchacho se ha visto desbancado por el rey, y de resultas,
vos y él ponéis ma-
la cara al soberano.
